Hace tiempo que no veía la ciudad con sus mil paraguas. Creo que es la nostalgia que trae el verano, esa que solo deja tiempo para pensar en cómo se verían las leves gotas en las mañanas, en donde el austero frío cobijara nuestra cama para más tarde levantarnos con una taza caliente del más rico chocolate. Hoy tuve el enorme deseo de lanzarme a un charco, de esos inmensos en los que jugabas cuando pequeño, de los que te llenaban de agua sucia la ropa y el cabello, donde naufragaban los renacuajos y barcos de papel que más tarde se irían con la corriente de las alcantarillas. Se me ha hecho un día de recuerdos, de esos en donde sonríes sin saber porque, en donde los ladrillos te parecen bellísimos y las gotas de agua son poesía. Eso lo explica todo. Como llegar cansado de una jornada de estudio con el único objetivo de ponerte el pijama un martes a las 3 de la tarde y sentarte junto a la ventana a almorzar lo poco y nada que hay en la nevera, coger un cuaderno y una pluma y escribir, co...