Todas las noches cuando los grillos y los sapos murmullan en la ciénaga, me siento junto a los árboles de cacao a cantarle a las estrellas acompañada por mi perro Toby. Esperando ansiosos a que alguna de ellas cumpliera nuestras suplicas. Recuerdo muy bien ese día en la vereda. Mis hermanos salieron a trabajar donde Don Javier, a recoger la mercancía que debía ser mandada a otros lugares del país. Desde que el gobierno había empezado a disminuir los cultivos, el trabajo había empezado a escasear y María, Soledad y yo habíamos tenido que dejar el colegio y dedicarnos a viajar todas las mañanas hasta el pueblo a trabajar en las casas de las Doñas. Pasábamos el día barriendo, lavando y quitando el polvo de aquí y allá. Pero esa mañana de martes, las Doñitas nos despidieron del trabajo y regresamos a casa sin un peso. Poco después mis hermanos trajeron las mismas noticias y todos nos deshicimos en llanto. El calor era sofocante, teníamos hambre y solo un par de gallinas viejas, un plát...
Tras el alféizar de la luna radiante....